“El objetivo principal de la ciencia es descubrir la verdad sobre el universo”

ENTREVISTA | Antonio Diéguez Filósofo de la biología

Antonio Diéguez.


Antonio Diéguez es Catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia en la Universidad de Málaga. Su dilatada y laureada trayectoria académica comenzó con el realismo científico, un debate clásico de la filosofía de la ciencia del que es un exponente nacional. Cuando los puntos clave de los análisis filosóficos sobre ciencia quedaron acotados los filósofos se especializaron en ciencias concretas. Él escogió la biología, lo que le permitió explorar un terreno en el que se muestra muy cómodo: las fronteras entre la naturalezade los diferentes seres vivos. Su debate más reciente trata sobre la existencia de un límite verdadero entre lo que entendemos como animales, humanos e hipotéticos seres transhumanos. Comprometido con la divulgación, es autor y coordinador de numerosas publicaciones y un conferenciante experimentado. Un hombre con múltiples talentos que ha sabido cambiar de opinión en el momento acertado.

Usted es un referente del realismo científico y autor de un libro homónimo ¿Cómo definiría esta corriente?

El realismo científico es una posición dentro de la filosofía de la ciencia que defiende tres cosas: existe una realidad, las teorías científicas proporcionan conocimiento sobre ella y la ciencia progresa hacia teorías más verdaderas. También tiene conexiones fuertes con debates de historia de la ciencia y  con el realismo filosófico.

¿Qué le llevó a interesarse por el realismo científico?

A raíz de mi tesis doctoral leí a J.S. Mill, Karl Popper y Thomas Kuhn. Después empecé a explorar de manera sistemática a todos los filósofos de la ciencia importantes. Además de los autores citados, leí obras de Whewell del siglo XIX y me interesé por el Círculo de Viena e Imre Lakatos, hasta llegar a nuestros días. De los recientes, me impactó fundamentalmente la lectura de un filósofo finlandés con el que luego tuve una buena relación personal, Ilkka Niiniluoto. Fue rector de la universidad de Helsinki durante varios años y está considerado como uno de los grandes teóricos del realismo científico. Ilkka escribe de forma muy clara y su visión de este asunto era muy convincente, así que empecé a escribir un libro al respecto.

Realizó varias estancias en el departamento de Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Helsinki.

Sí, fui para debatir sobre los temas del realismo científico con Ilkka Niniiluoto. Es uno de los departamentos de filosofía de la ciencia más prestigiosos del mundo. Tuvo entre sus primeros miembros a un integrante del círculo de Viena, Eino Kaila. El director más querido y más influyente que ha tenido es Georg Henrik von Wright, discípulo y albacea testamentario de Wittgenstein. Yo lo conocí la primera vez que fui, era un hombre impresionante. También ha tenido figuras tan prestigiosas como Jaakko Hintikka o el propio Niniiluoto. La verdad es que estuve muy a gusto en el departamento. Fue un lujo estar con expertos cuyo su trabajo ha tenido una gran influencia en la filosofía de la ciencia del siglo XX, trabajar en aquel ambiente y aprovechar los recursos bibliográficos que se me ofrecían.

“Necesito cambiar de tema cada 10 años”

Antonio Diéguez

¿Siempre ha sido simpatizante del realismo científico?

Cuando empecé a escribir el libro, al igual que la mayoría de jóvenes filósofos, era un antirrealista. Las posiciones realistas, no sé por qué, eran y son consideradas como más conservadoras. Lo digo porque el marxismo clásico defendía claramente el realismo. Marx, Lenin y Engels eran realistas. El libro de Lenin “Materialismo y empirocriticismo” es una defensa del realismo frente al fenomenismo y al positivismo previo al siglo XX. Cuando empecé con el libro, pese a que mis simpatías estaban con las posiciones antirrealistas, me fui dando cuenta de que los argumentos del realismo eran muy buenos. Me fueron convenciendo poco a poco, de manera que acabé el libro siendo realista. Desde entonces conservo la misma convicción, quizás no tan fuerte como entonces, pero en general sigo pensando que  es la mejor manera de interpretar la ciencia y las teorías científicas. Lo cual no significa que eventualmente surjan teorías que puedan ser meros instrumentos de cálculo o herramientas para producir tecnología, pero ese no es el objetivo principal de la ciencia. El objetivo principal de la ciencia, aunque a muchos científicos les suene trasnochado, es descubrir la verdad sobre el universo.

Ha mostrado ser capaz de cambiar de opinión. ¿Tuvo claro desde el principio que quería dedicarse a la filosofía?

Nací en Málaga, en un barrio obrero de trabajadores, y no tenía en aquel momento ninguna idea de lo que era la filosofía ni que iba a ser mi vocación. Al principio me interesaba la pintura, me hubiera gustado ser pintor pero no pudo ser. Hace mucho que no pinto, más de 10 años, pero no descarto volver a pintar alguna vez. Aún me arrepiento de ello. En realidad no tenía vocación filosófica, decidí estudiar filosofía en la cola de matriculación. Quien me influyó en el último instante para hacer filosofía en lugar de otra carrera de humanidades fue un buen amigo que estaba interesado en ella. Yo, con gusto, había podido leer un par de libros de Nietzsche, como “Así habló Zaratrustra”. Fue una decisión muy poco informada, fue un poco al azar. Por eso digo a las personas preocupadas por su futuro que tomen una decisión. Que la vocación muchas veces va surgiendo. Cuando empecé la carrera me di cuenta de que era un buen camino para seguir y tener una profesión.

«Un domingo en casa», cuadro de Antonio Diéguez.

Parece que la decisión fue acertada, fue reconocido con el Premio Extraordinario de Licenciatura. También obtuvo el Premio Extraordinario de Doctorado por su tesis sobre John Stuart Mill.

Empecé con J.S. Mill gracias a la llegada a Málaga de mi director de tesis, el profesor Pascual Martínez Freire, gran catedrático de lógica y filosofía de la ciencia. Él no podía dirigir una tesis de ética como me hubiera gustado, pero llegamos a un pequeño acuerdo: podría escoger un autor que tuviera relevancia en ética y política pero tendría que analizarlo desde la perspectiva de la filosofía de la ciencia. Su orientación y su ayuda fue fundamental. El indicado era Mill porque tenía una teoría pionera sobre la metodología de las ciencias sociales que estaba poco estudiada. La desarrollaba al final de su libro «Un sistema de lógica», que tuvo una gran influencia a finales del XIX y principios del XX. Lo que hice en la tesis fue trazar la historia del pensamiento metodológico en las ciencias sociales hasta la aportación de Mill, además de su influencia posterior.

¿Qué aspectos le llamaron la atención de la obra de J.S. Mill? ¿Comparte su definición de etología, que la sitúa como “la ciencia del carácter humano en el sentido más amplio del término”?

Mill dominaba el lenguaje. De su obra me atrajeron dos cualidades: su estilo claro preciso y su elegancia a la hora de exponer y defender las ideas. Fue una escuela de escritura que creo ha influido en mi propio estilo. Su idea de la etología sin embargo me parece que no era muy acertada. En cambio, hizo aportaciones muy interesantes. Mill pensaba que el método de las ciencias sociales tenía que ser lo que luego hemos llamado método hipotético-deductivo. Está considerado uno de los padres del inductivismo, la idea de que los descubrimientos científicos se obtienen mediante inducción, que luego rechazó Popper por completo. Sin embargo, para las ciencias sociales deja abierta una metodología diferente en la que tiene más importancia la invención de hipótesis y el uso de la deducción. Así que en ese sentido, Mill se adelantó un poco a su época.

Tras explorar debates de filosofía de la ciencia como este se especializó en filosofía de la biología.

Yo necesito cambiar de tema cada 10 años. No quería seguir leyendo sobre el realismo porque, aunque seguía siendo un debate intenso en el que surgían nuevas corrientes, me parecía que los grandes argumentos y las ideas centrales estaban ya expuestas. Quizás me equivoqué, porque el debate sigue y han surgido propuestas muy interesantes. Por otro lado, en torno al cambio del siglo XX al XXI, ya era evidente que la filosofía general de la ciencia no era un campo que fuera a dar resultados comparables a los que había dado previamente. Quien quisiera escribir algo sobre la ciencia desde un punto de vista filosófico tenía que especializarse en una ciencia y hablar con un conocimiento cercano. A finales de los 90 casi todos los filósofos de la ciencia empezaron a trabajar en alguna ciencia concreta, fue una cuestión generacional. La filosofía de la ciencia tradicional se había centrado sobre todo en la física, pero en ese momento había otras disciplinas científicas emergentes, como la biología o la economía.


Antonio Diéguez en una ponencia sobre el transhumanismo.

Usted, además, cursó parte de la licenciatura de biología.

Hay que conocer la disciplina de primera mano, por ello me matriculé, cursé y aprobé hasta final del tercer curso. En ese momento era vicedecano y tenía que pasar muchas horas en el despacho. Yo no iba a ejercer de biólogo y las prácticas de los últimos cursos ocupaban tardes enteras, así que decidí dejarlo porque ya conocía la teoría y los rudimentos de la práctica. La biología es una ciencia fascinante porque muestra que se puede hacer una ciencia de máximo rigor con unas aplicaciones prácticas increíbles utilizando una metodología muy diferente a la de otras ciencias. Cuando se habla del Método Científico con mayúsculas y en singular, pienso que es más una abstracción de cara a la galería, que otra cosa. En la realidad lo que vemos son ciencias diversas con metodologías diversas. La que sigue un físico de partículas tiene muy poco que ver con la que sigue un bioquímico, un paleontólogo, un ingeniero químico o un etólogo. Sin embargo, todos son métodos científicos. Si se interpreta correctamente la afirmación de Feyerabend de que “en la ciencia todo vale” (cosa que no siempre se hace), entenderemos que tenía bastante razón. Lo que Feyerabend quería decir es que si nos empeñamos en buscar un precepto metodológico universal para todas las ciencias, éste tendría que ser algo así como “todo vale”, lo que es tanto como decir que, en realidad, no hay ningún precepto universal sino una enorme diversidad de métodos. Lo que no está diciendo Feyerabend es que literalmente pueda hacerse pasar cualquier cosa por científica. La pluralidad de métodos hace que se rechacen también muchas propuestas en la ciencia por no ser aceptables desde algún criterio metodológico aceptado.  Las ciencias son muy diversas, no hay una metodología única. Eso es lo que la biología ha mostrado sin lugar a dudas. Todas las disciplinas de la biología, con mayor o menor rigor y matematización, han mostrado que se puede hacer una ciencia sin nada que envidiarle a la física. Ambas son ciencia, pero distintas metodológicamente. En biología, en lugar de leyes, existen modelos matemáticos. No son lo mismo pero ambos sirven para explicar y predecir fenómenos. Esto es un cambio de perspectiva fundamental en la filosofía de la ciencia porque muestra una de las limitaciones de lo que habían dicho miembros del Círculo de Viena sobre cómo funciona la ciencia. La biología es un buen ejemplo de cómo la ciencia es plural, de cómo los métodos se aplican de formas muy diferentes según el campo. Esto era muy interesante desde el punto de vista filosófico y fue una de las razones por las que decidí estudiar biología. Pero también, indudablemente, porque ya empezaba a estar claro el impacto que iba a tener la ingeniería genética y la biotecnología.

La filosofía de la biología enfrenta grandes debates actualmente. Usted ha participado en la publicación de Naturaleza animal y humana con el capítulo “Pensamiento conceptual en animales”.

Uno de los problemas que tienen algunos filósofos de educación tradicionalista es seguir anclados en la idea de que el pensamiento es tan complejo que requiere de un lenguaje también complejo. Creen que cuando hablamos de “conceptos” estamos captando la esencia de algo que no se puede captar sin una inteligencia abstracta, muy sofisticada.  Si uno lee los trabajos de los primatólogos sobre la cognición en primates en los últimos veinte años, no puede seguir manteniendo una concepción tan tradicionalista de lo que es la mente. Conviene mencionar a Frans de Waal y Josep Call, discípulo catalán de Michael Tomasello. Yo les digo a mis alumnos que no sigan definiendo al ser humano como el animal racional, porque no es una buena definición. Los grandes simios y otros primates son capaces de hacer inferencias transitivas, disyuntivas, etc. Por tanto, son racionales, aunque no posean un lenguaje. Acepto que es una noción muy básica de racionalidad, pero me parece válida. Por tanto, definamos mejor al ser humano, si uno quiere, con la otra traducción posible de la frase de Aristóteles. Aristóteles dijo que el ser humano era Zoon logon echon, el animal que tiene logos. Logos también se puede traducir como palabra. El hombre es, por tanto, el animal con lenguaje. Existen animales que pueden aprender un lenguaje, como el bonobo Kanzi, la gorila Koko o el loro Alex, pero no es un lenguaje propio, y, en todo caso, se discute si pueden manejar bien la sintaxis.. Las diferencias entre los seres humanos y otros animales, particularmente otros primates, son de grado. No se trata de un abismo ontológico.

“Hay que estar abierto a la aplicación de la biotecnología en el ser humano”

Antonio Diéguez

Otra cuestión alrededor de la naturaleza del ser humano es el transhumanismo, sobre el que escribió un libro.

En 2015 hice una estancia de investigación en Oxford en la que trabajé sobre el transhumanismo. Estuve en el centro Uehiro para la Ética Práctica, uno de los lugares principales del pensamiento transhumanista en este momento. Es un movimiento filosófico, cultural, con ribetes incluso religiosos, que pretende mejorar al ser humano por medio de la tecnología. En concreto con las tecnologías más avanzadas, que en este momento son la inteligencia artificial y la biotecnología. Los transhumanistas creen que el ser humano no es un ser acabado, que no existe una naturaleza humana estable, sacrosanta, que sea absolutamente inmoral tocar o modificar. Piensan, en cambio, que el ser humano es un ser cambiante que tiene mucho todavía que hacer para mejorar. Como esta mejora a través de la cultura es muy lenta, por no decir ineficaz, apoyan la idea de mejorar la especie mediante la tecnología o la unión con la máquina.  Creo que el discurso transhumanista es digno de atención, está soportado por muy buenos argumentos y autores. Hay que atender a expertos como Julian Savulescu o Nick Bostrom y estar abierto a la aplicación crítica y prudente de las nuevas tecnologías, como la biotecnología, al ser humano.

También realizó una estancia en Harvard.

Harvard es una universidad impresionante, siempre está entre las cinco mejores del mundo. Es la investigación en estado puro. El conglomerado de las ciudades de Cambridge y Boston, donde se encuentra además el MIT y otras universidades de enorme prestigio, es la zona del mundo con más premios Nobel por kilómetro cuadrado. Eso crea un clima intelectual asombroso. Tenía por costumbre asistir todas las semanas a alguna conferencia, ya que siempre las impartían figuras mundiales. Fue un lujo poder asistir al seminario que impartía Peter Godfrey-Smith, filósofo de la mente, junto con el biólogo David Haig. Asistió como oyente nada menos que el afamado filósofo Daniel Dennett y mantuvieron conversaciones muy interesantes. Percibí también una mentalidad diferente a la nuestra en los alumnos. Allí el alumno es incitado a no temer equivocarse, siempre que sepa defender bien su posición. Dan más importancia a la capacidad de argumentar las ideas propias que al hecho de que sean acertadas o equivocadas.

¿Cuál es el valor más destacado de las estancias en otras universidades?

Creo que son la mejor parte de la carrera profesional. A los profesores en España desgraciadamente nos tienen atados con demasiadas horas de clase -estamos mal financiados para eso también- y no nos dejan ir al extranjero tanto como nos gustaría. Sin embargo, es algo que luego nos piden en el CV

Muchos  profesores e investigadores son también divulgadores. ¿Cuál cree que es el papel de la comunicación de la ciencia en la sociedad actual?  

La comunicación de las ciencias debería tener un papel central, la ciencia necesita estar en contacto con el público. No comunicar los resultados despierta recelos. Las actitudes anticientíficas coinciden en un rechazo a la ortodoxia y en pensar que hay intereses oscuros o que la investigación está sesgada. Que tanta gente piense de ese modo es una desgracia y es peligroso. La ciencia ha de preocuparse por su imagen pública. No puede ser que a un científico le cueste perder prestigio el hecho de dedicar parte de su tiempo a la divulgación. Es central para la supervivencia de la propia ciencia y es absurdo que las publicaciones de este tipo no tengan prácticamente ningún valor curricular. Existe una idea cientifista de que el auténtico científico se dedica a otras tareas más serias, que esa es una tarea menor. No lo es; al igual que no lo es el tema de la financiación, que todos los equipos de científicos entienden. La ciudadanía tiene que percibir que incluso la investigación básica es útil. Creo que se está empezando a entender, pero ha costado.

La nueva definición de la capacidad de autoconciencia

Muchos más animales de los que se cree podrían tener la capacidad de desarrollar una identidad individual

El psicólogo, primatólogo y etólogo holandés Frans de Waal publicó el pasado 7 de febrero un artículo en la revista Plos Science en el que propone cambios teóricos y metodológicos en la investigación de la autoconciencia de los animales. Sus interpretaciones le llevan a defender un modelo progresivo de construcción de la identidad individual. Esta visión es opuesta a la teoría aceptada del binarismo, que considera la autoconciencia una capacidad que “se tiene o no se tiene”, surgida de forma repentina y exclusiva en la evolución de los grandes simios.

Ciervo reflejado en el agua. Fuente: Pixabay

Hasta hace poco, la propuesta más aceptada para explicar la capacidad de los animales para reconocer su propia existencia era la del Big Bang de la autoconciencia. Esta teoría no considera la posibilidad de que la percepción que se tiene de uno mismo se desarrolle de forma paulatina. Por el contrario, asume que a lo largo de la evolución de los primates hubo una explosión de las capacidades autoperceptivas en los grandes simios de forma singular. Las interpretaciones más recientes sostienen que esta capacidad se desarrolla progresivamente y que animales de diferentes ramas evolutivas pueden ser estimulados para alcanzar niveles superiores. Los expertos en cognición y comportamiento de primates de la Universidad de Barcelona Montserrat Colell y Francesc Salvador son partidarios de estas nuevas interpretaciones. El ser humano recorre estos niveles durante la infancia como paso previo al desarrollo de una Teoría de la Mente.

“¿Qué pasa si la autoconciencia se desarrolla como una cebolla, construyendo capa sobre capa, en lugar de aparecer de una vez?”

Frans de Waal

Según la investigadora en primatología y etología del Instituto de Neurociencias de la Universidad de Barcelona, la autoconciencia es “la capacidad de saber quién es uno mismo”. “Consiste en reconocerse como un individuo de una cierta edad, sexo, con una serie de ideas, emociones, etc.”, apunta. Respecto a su origen, su compañero, catedrático en psicología experimental, apunta que “es un proceso gradual que se ha ido desarrollando a través de procesos evolutivos”. Ambos apoyan al etólogo holandés, que plantea un modelo en el que individuos de especies con orígenes filogenéticos tan dispares como perros, gatos, aves y peces pueden poseer un nivel de autoconciencia mayor, como ya se ha demostrado en simios. Para ello se basan en los resultados de pruebas de autorreconocimiento. Colell explica que, dado que “no es posible acceder a la conciencia de los animales no humanos mediante el lenguaje, es necesario realizar una serie de pruebas para intentar demostrar si un animal la tiene o no”.

Actualmente se está trabajando con modificaciones de los experimentos de Gallup de los años 70. En ellos se realizaba una marca de pintura en la frente de un animal, inicialmente un primate, y se le situaba frente a un espejo para observar su comportamiento. La interpretación convenida consistía en que, si el animal exploraba su frente en busca del punto con ayuda del espejo, era debido inequívocamente a que era consciente de su propia imagen. No obstante, como apunta Colell, la respuesta de algunos individuos a esta prueba los puede situar en niveles intermedios de autoconciencia. Los animales que no comprenden el funcionamiento de un espejo se sitúan en el nivel cero, seguidos de los que sí lo hacen pero interpretan que su reflejo se trata de otro individuo. En un nivel superior se sitúan los que sienten desconcierto al mirarse, seguidos de los que finalmente comprenden que se trata de su propia imagen reflejada.

“La autoconciencia se alcanza de manera progresiva. El niño que se reconoce en el espejo tardará un tiempo en desarrollar una Teoría de la Mente.”

Montserrat Colell

En una etapa inicial de la investigación, se observó que los únicos primates que se reconocían en el espejo eran los grandes simios, por lo que se les consideró autoconscientes junto a los seres humanos. Más tarde se aplicó el test a psitácidas (papagayos, cacatúas y loros), que habían mostrado grandes capacidades cognitivas, pero no lo superaron. En cambio, urracas, orcas y elefantes sí lo hicieron. Tanto la prueba del espejo como la teoría del surgimiento repentino de la autoconciencia comenzaron a levantar suspicacias.

Ahora, el foco está puesto en las variantes metodológicas de este experimento. Francesc Salvador, experimentado en la metodología de la investigación psicológica, señala la necesidad de desarrollar pruebas multisensoriales que permitan medir esta capacidad de otro modo. “El modelo gradualista quiere ser multimodal”, matiza. Y es que uno de los problemas de la prueba es que muchos animales no componen su mundo esencialmente con imágenes, como el ser humano. Algunos tests combinan varios estímulos a la vez, por ejemplo, una marca visual e irritante mediante un haz de luz. Los resultados de la aplicación de marcas multimodales en animales que no superaban el test original han sido positivos, consiguiendo que los individuos muestren conductas de autorreconocimiento. Según el estudio de De Waal, esta es una prueba
de que con la metodología adecuada es posible valorar mejor los niveles de
autoconsciencia. Salvador sugiere que la autoconciencia es un proceso que ocurre a partir de la integración de información sensorial diversa. En algunas de las numerosas variantes del experimento se han utilizado otros sentidos, como el olfato. “Los tests con olores han dado resultados positivos en perros”, afirma Colell.

Detalle de las fosas nasales de un perro. Fuente: Pixabay

Los investigadores catalanes relacionan estrechamente la socialización del individuo con la capacidad de autoconciencia. Salvador, que estudia la emergencia de conductas sociales autoorganizadas, la entiende como un “elemento básico muy importante de la jerarquía y las relaciones sociales de la vida en grupo”. El equipo de investigación al que pertenece Colell, pionero en demostrar que los gorilas se reconocen en el espejo, probó que unas condiciones sociales adecuadas durante el crecimiento son importantísimas para el desarrollo de la conciencia de individuo y especie. La investigadora recalca la importancia que ha tenido esta capacidad en la sociedad humana, señalando que “ha sido un motor de la evolución” y que “conductas como la empatía y el engaño serían imposibles sin ella”. Por sus implicaciones, la necesidad de diseñar una batería de pruebas de autoconciencia mucho mayor, adaptada a las formas de percibir la realidad de cada especie, es una opinión cada vez más popular en la comunidad investigadora.

Más de 2.000 incendios forestales en el primer trimestre convierten al 2019 en uno de los peores años de la última década

El aumento de este problema se debe a la aparición del cambio climático, así como al abandono de los campos y el crecimiento socio-económico

Los incendios forestales suponen un problema global y mundial. En lo que va de 2019, se han producido 2.064 incendios. Esta cifra sólo se superó en 2012, con 3.217 incendios, según datos del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación. Sin embargo, 2018 se ha calificado como el mejor año de la última década, con un total de 7.143 incendios forestales, de los cuales tan sólo tres han sido de gran magnitud, es decir, han superado las 500 hectáreas quemadas.

Esta problemática se ha estudiado con anterioridad. En 2009 se publicó el informe: Incendios forestales en España. Ecosistemas terrestres y suelos, por Jorge Mataix Solera y Artemi Cerdá. Anualmente se producen una media de 19.000 incendios en España, aunque estos datos han ido variando en la última década. Hay tres años clave que han marcado las peores cifras de incendios: 2009, 2012 y 2017, en los cuales se han registrado alrededor de 44.000 incendios forestales .

Actualmente, los efectos que tiene el fuego en el ecosistema y medio ambiente tienen efectos mucho más devastadores que en épocas anteriores. La humanidad supo adaptarse al ecosistema terrestre y el fuego se convirtió en el mejor amigo del hombre, utilizado como una herramienta para aclarar campos de cultivo, abrir pastos, eliminar las plagas o cazar. El uso del fuego comenzó a descontrolarse entre los años 50 y 60, tras producirse el éxodo rural, lo que derivó al abandono de los campos, los cambios socio-económicos y sobre todo por la aparición del Cambio Climático.

La zona mediterránea es una de las más afectada por esta peligrosa herramienta, sobre todo Italia, Grecia, España y Portugal, aunque, como señala el informe A review of fire effects on vegetation and soil in the mediterranean basin, la vegetación de esta zona tiende a regenerarse con mucha facilidad tras un incendio. En el año 1997, del 90% de las hectáreas quemadas, el 50% pertenecían a la Península Ibérica. Los factores que afectan al territorio español son principalmente: el clima cálido y seco en verano; la marchitación de la vegetación; abundantes tormentas cargadas de aparato eléctrico; y la presencia de vegetación adaptada, y por lo tanto, preparada para los incendios. Pero actualmente, la principal causa de estas catástrofes es la acción humana.

Según los autores del informe, Jorge y Artemi, el índice de incendios varía en función de la zona dentro del territorio español. Por lo general, Castilla y León, Asturias y Galicia son las tres comunidades que reflejan los datos más elevados de incendios forestales, en contraste con la Comunidad Valenciana, Cataluña e Islas Baleares, que muestran los datos más bajos de todo el país.

En los últimos diez años, ha mejorado la investigación de las causas de los incendios, lo que a su vez, ha generado una mejora en la prevención de éstos, a través de la persuasión en la población, la conciliación de intereses y las sanciones. “El desafío actual es integrar el conocimiento científico sobre el papel del fuego en el ecosistema mediterráneo, permitiendo una gestión óptima del fuego y haciéndolo compatible con nuestras demandas sociales, necesidades de reducción de peligros y sostenibilidad del ecosistema”, tal y como afirma el  Boletín de la Asociación de Geógrafos Españoles, 2012.

Raquel Bernal Sánchez, Raúl Icardo Llorca y Belén Martínez Quereda.

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Las golondrinas de las zonas más contaminadas de Chernóbil son más resistentes a las bacterias

Los ejemplares con más defensas han sobrevivido y se han reproducido durante los últimos 31 años, a pesar de los altos niveles de radiactividad.

 

 

Un equipo internacional con participación de la Estación Experimental de Zonas Áridas (EEZA), centro adscrito al Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), en Almería, ha demostrado que ciertas poblaciones de golondrinas que viven en zonas de Chernóbil (Ucrania) en las que aún existen niveles altos de radiactividad, presentan una mayor resistencia ante distintas bacterias que aquellas que pueblan zonas menos o no contaminadas.

Un cambio tan drástico en las condiciones ambientales como fue el accidente nuclear de Chernóbil, ocurrido en Ucrania el 26 de abril de 1986, tuvo un gran impacto no solo en los organismos, sino en las relaciones parásito-hospedador.  “Las bacterias tienen una gran capacidad de adaptación a los cambios, y en Chernóbil presentan altas tasas de mutación y resistencia a la radiación.  Por tanto, las golondrinas se enfrentan a `nuevas` comunidades bacterianas que pueden producir otros daños a sus hospedadores”, ha explicado Magdalena Ruiz-Rodríguez, investigadora de la EEZA y autora principal del artículo.  

Golondrina del estudio

En este estudio, a través de un análisis de laboratorio, se enfrentó el plasma sanguíneo de diversas poblaciones de golondrinas, algunas cercanas a la antigua central de Chernóbil, a doce especies de bacterias diferentes. El objetivo era saber si se había producido una adaptación como consecuencia de la convivencia entre estas aves y las comunidades bacterianas que cambiaron rápidamente. Los resultados del análisis indicaron que los individuos criados en las zonas más contaminadas tenían mayor capacidad de resistencia a las bacterias.

Tras el accidente nuclear, el sistema inmune de las golondrinas de Chernóbil fue dañado y debilitado, por lo que su capacidad para defenderse de las bacterias cayó en gran medida. En tan solo 31 años, la radiactividad ha provocado transformaciones que habitualmente se observan en un largo período de tiempo. Apunta Ruiz Rodríguez que probablemente ha existido un proceso de selección natural muy intenso en las zonas con más radiactividad, de manera que solo las golondrinas que tenían más defensas fueron capaces de sobrevivir y reproducirse.

“Durante estos 31 años han muerto muchísimas golondrinas, pero las pocas que han sobrevivido tienen una mayor capacidad de defensa. El resto ha ido muriendo sin dejar descendencia”, ha apuntado la investigadora. “Aunque en algunas poblaciones, como es el caso de las golondrinas, se haya producido una selección sobre los individuos más fuertes, la tendencia de las poblaciones es a desaparecer, ya que las mutaciones disminuyen la esperanza de vida, el éxito de reproducción, y algunas de ellas son directamente letales”, ha concluido.

En una investigación anterior de este equipo se estudiaron las bacterias que degradan las plumas de las golondrinas y la conclusión fue muy similar. Los individuos que poblaban las zonas más contaminadas presentaban mayor capacidad de defensa. “Es decir, las golondrinas que crían en zonas con mayor radiactividad son más resistentes al ataque por bacterias en las plumas, pero también cuentan con más defensas en su sangre”, ha afirmado Ruiz-Álvarez.  Estas investigaciones se separan de la tendencia mayoritaria de estudiar la salud de las especies después del accidente nuclear, para adentrarse en las adaptaciones y cambios que en tan poco tiempo se han producido en ellas.

Timothy Mousseau, otro de los autores de la investigación, y que ha estado estudiando las poblaciones de aves en Chernóbil durante más de una década, demostró en un estudio reciente que las golondrinas Mousseau que viven en zonas altamente contaminadas tenían altas tasas de anomalías, desde albinismo parcial a picos deformados.

Un estudio anterior, del año 2012, realizado por científicos de la Universidad de Portsmouth y publicado en la revista científica Biology Letters concluyó que las golondrinas de los alrededores de la central nuclear de Chernóbil resisten mejor de lo que se pensaba a dosis bajas de radiación. Según Jim Smith, el autor principal de este estudio, el aparente daño a las poblaciones de aves de Chernóbil se debía a diferencias en su hábitat y en la estructura del ecosistema o en su dieta, y no a la contaminación radiactiva. “Los niveles de contaminación radiactiva detectados en los alrededores de la central de Fukushima tampoco deberían causar daño a largo plazo a las aves de esa región”, ha apuntado el experto.

Sin embargo, los efectos del desastre de Chernóbil aún pueden apreciarse en la actualidad. Más de 30 años después, el paisaje sigue siendo desolador y en ciertas zonas apenas pueden verse animales debido a la contaminación radiactiva. Viacheslav Shestopálov, director de un centro científico y de ingeniería de Chernóbil, manifestó que las dosis de baja radiación deterioran la elasticidad de los nervios y la memoria y señaló que los animales residentes en Chernóbil no están a salvo de las mutaciones. Afirmó también que las golondrinas de la zona de Chernóbil tienen 28% de posibilidades de llegar a la próxima estación, mientras que las golondrinas de zonas no contaminadas tienen un 40% y las de España, un 45%.