“Las políticas europeas se han aplicado igual, pese a no estar pensadas para nuestro mar”

Damián Fernández Jover, biólogo e investigador, analiza las tensiones que enfrentan la pesca y la acuicultura en un contexto tensionado por la regulación y la incertidumbre.

Damián, un alicantino que ha jugado con el mar desde pequeño, no le ha gustado llevarse nada, solo observar. Nunca le ha gustado pescar, pese a que ha acabado acercándose a la pesca. Podemos verlo, en el laboratorio con un ejemplar de pez de San Pedro (Zeus faber). Fuente :: Damián Fernández Jover.

El mar Mediterráneo vive una transformación silenciosa marcada por la presión pesquera, la expansión de la acuicultura y el cambio climático. Para entender qué ocurre bajo la superficie, hablamos con Damián Fernández Jover, investigador en la Universidad de Alicante especializado en ecología marina.

“Más de observar que de pescar”, como él mismo se define. Su vínculo con el mar empezó casi por intuición: ninguna carrera parecía llamarle, pero el mar sí. Ese interés lo llevó a estudiar Biología Marina y a dedicar su vida a comprender los ecosistemas marinos y su relación con la actividad pesquera.

Empezamos en la pescadería, ¿qué debería saber cualquiera sobre el estado actual de nuestro mar?

A diario, es difícil informarse bien, pero elegir pescado tiene impacto en los ecosistemas y en la pesca artesanal. Sabemos que el producto de proximidad es mejor, aunque no siempre es fácil ni barato, consumiendo más pescado de lejos, lo que contamina y nos aleja de la costumbre de ir al mercado y vivir con más calma.

¿Y a nivel del Mediterráneo?

La situación es aún más grave: un mar cerrado, con muchos intereses mal gestionados. Las políticas europeas, más o menos acertadas, están ayudando a recuperar los stocks, como el de la merluza; son primeros pasos, y habrá que ver cómo evolucionan.

También hay que ponerlo en contexto. Nuestra flota no es gran pesca industrial, ni siquiera el arrastre se compara con el oceánico. Aun así, ha estado sobredimensionada durante años.

Tras la crisis de 2010, cerraron muchas empresas, y otras esperan subvenciones para hacerlo. Con la reducción de la flota, los recursos se recuperan poco a poco. Estamos en plena transición, viendo qué queda y hacia dónde vamos.

Con esta tendencia, ¿el mar sería capaz de sostener la extracción sobre los ecosistemas?

Solo extrayendo los recursos con conocimiento y hasta el máximo rendimiento sostenible; fijándonos en los informes científicos, que no se suelen tener en cuenta. A veces, prima más el interés de las poblaciones que viven tradicionalmente de esos recursos.

Todo hay que tenerlo en cuenta, pero sin extraer por encima de nuestras capacidades, para que ese modo de vida tradicional no se vea amenazado en un futuro cercano.

Pan para hoy, hambre para mañana. 

Exactamente.

Últimamente se han aprobado esas nuevas regulaciones en la Unión Europea (UE). ¿Qué cambios son los más relevantes? ¿Están bien adaptadas a nuestra realidad?

Las políticas de la UE no están pensadas para el Mediterráneo y se han aplicado igual, pese a sus diferencias en flota, biodiversidad y artes de pesca.

Una de las medidas más problemáticas es la obligación de declarar y estimar las capturas antes de llegar a puerto. En un mar con muchas especies y menor volumen, esto complica aún más el trabajo y puede acarrear sanciones. A esto se suma la reducción del esfuerzo pesquero: menos días, horas y cuotas, con casos como la gamba roja, doblemente limitada. Todo ello genera incertidumbre sobre la rentabilidad.

El sector se siente poco respaldado y está en pie de guerra. También es cierto que durante décadas se pescó sin control, algo que hoy los propios pescadores reconocen. Ahora se intenta corregir, pero en el Mediterráneo el ajuste está siendo especialmente duro.

¿Y qué dice la ciencia de todo esto?¿No se han hecho estudios científicos previos a estas leyes?

Siempre ha habido estudios científicos, de distintas instituciones, pero todos apuntaban a lo mismo: los stocks estaban siendo sobreexplotados, el tamaño medio disminuye y la diversidad caía. Al agotarse los peces grandes, se pasaba a los pequeños, y luego a otras especies. El sector se ha ido adaptando a esa realidad.

El problema es que ha costado asumir esos límites. El caso más claro es el del atún rojo: tras décadas de sobrepesca, los planes drásticos han logrado su recuperación, pero a costa de la desaparición de muchas empresas y la concentración del sector en las que han sobrevivido.

Entonces, ¿se prefiere mirar por la salud del ecosistema antes que por el beneficio económico? ¿O por lo mejor de ambos puntos? 

Depende. En el caso del atún rojo, la regulación no viene de la UE sino de la Organización Internacional de Conservación del Atún Rojo (ICAT), con participación mundial, lo que facilitó priorizar el tema ecológico. A día de hoy, está generando tensiones con otros pescadores: el aumento de atunes hace que rompan redes y se coman sus capturas. Estos pescadores reclaman aumentar las cuotas de pesca de atún para reducir el problema. Sin embargo, no se contemplan cambios. 

Sobre la acuicultura ¿ayuda esto realmente a reducir la presión sobre las pescas? 

Hay un debate importante sobre la acuicultura en el Mediterráneo. Las especies que se cultivan —dorada, lubina, corvina o seriola— son carnívoras y dependen de la proteína animal. Se alimentan de piensos elaborados con capturas lejanas, como la anchoveta del Perú. En el fondo, trasladamos el problema: producimos aquí, pero a costa de afectar a la cadena trófica más que a la economía local.

Por eso, aunque algunos la defienden, la opinión mayoritaria es que no es sostenible a largo plazo. Desde la UA, se buscan alternativas, como el cultivo de invertebrados para sustituir esa proteína, pero aún están lejos de ser viables a gran escala.

Y claro, ¿cómo se relaciona ahora la pesca con todo esto de acuicultura?

Estos sectores también están en conflicto. Algunos pescadores desconfían de la acuicultura por su impacto, mientras que otros aprovechan los peces que se concentran alrededor de las jaulas. 

Los escapes generan problemas: pueden pescarse y venderse como salvajes, aunque provengan de piscifactoría. También los posibles riesgos por tratamientos o parásitos. Se están desarrollando medidas para controlarlos, pero aún es un reto.

Al final, todos compiten en el mercado. Para la restauración, la acuicultura es más fácil: producto estable y homogéneo. La pesca tradicional aporta diversidad, pero es menos predecible. De nuevo, todo recae en el consumidor y su capacidad de valorar dicho producto.

¿Y qué tips daría para ser más conscientes en la compra?

Se puede empezar por algo básico: indicar si el pescado es “cultivado” o “salvaje” en cartas y pescaderías. El precio y la uniformidad también dan pistas. También hay campañas que proponen hacer denominaciones de origen o de crianza.

¿Como si fuese vino? 

Exactamente. Pero al sector tradicional le falta más unión para impulsar campañas fuertes ante la Administración, en lugar de desconfianza

«En Tabarca, por ejemplo, los pescadores están bastante contentos, son pocos, se turnan, las artes de pesca se sitúan por zonas y estaciones.»

Ha mencionado sobre pescar cerca con algún escape pero eso también ocurre con las reservas. Y si acabas pescando alrededor, vas a tener más presión sobre la protección.

Sí, aunque eso se evita añadiendo zonas en las Áreas Marinas Protegidas (AMP). Empiezas con una reserva integral, donde solo se pueden investigar. Alrededor, tienes las áreas de amortiguación, que disminuyen esa presión. 

Hay que tener en cuenta que las AMP españolas se enfocan en mantener la pesca tradicional, para que se mantenga ese derecho histórico a seguir pescando donde siempre han pescado. Pero hay que hacerlo bien. En Tabarca, por ejemplo, los pescadores están bastante contentos, son pocos, se turnan, las artes de pesca se sitúan por zonas y estaciones. 

Dicho eso, se puede compaginar una AMP con una pesca razonable y sostenible.

Desde la ONU se ha propuesto proteger parte del espacio marino. ¿Qué implica realmente que una zona esté protegida, especialmente en relación con actividades como la pesca? 

Se estableció que lo ideal sería proteger alrededor del 30% del espacio marino. Otro gran debate. ¿Qué significa estar protegido? ¿Que no se toque nada? ¿Qué consecuencias tiene para las actividades tradicionales? No se puede hacer lo mismo en todas las zonas y sobre ellas hay diferentes intereses. Y no solo interesa al sector pesquero, también está el recreativo. Por supuesto, la sostenibilidad y el aspecto ambiental deben prevalecer para que sigan funcionando en un futuro. 

¿Es suficiente? Evidentemente no. Son pequeñas, deberían de ser más grandes. Pero lo más importante es destinar recursos en vigilancia, gestión y mantenimiento. 

Si sumamos el cambio climático, más allá del calentamiento de las aguas y centrándonos en las pescas, ¿se está viendo cambios en cómo está distribuida una especie? Autóctona o invasora. 

Desde hace muchos años entran especies por el canal de Suez, ocupan el Mediterráneo y desplazan las propias. En la costa levantina tenemos dos ejemplos tropicales: los carángidos (Caranx spp.) o la alacha de Madeira (Sardinella maderensis). Por contra, hay especies autóctonas favorecidas por el aumento de la temperatura. Como la gamba blanca en Cataluña, que amortigua las pérdidas en arrastreros al permitir su pesca.

El paradigma principal con las especies invasoras recae sobre las algas, que causan más daño al ser la base de todo. Destruyen ecosistemas vitales, como las praderas de Posidonia oceanica, que sirven de alimento de herbívoros y cobijo de juveniles de muchas especies. Como invasoras tenemos algunas algas verdes (Caulerpas) y el alga japonesa Rugulopteryx okamurae.

Me había dejado en el tintero la actualidad sobre la gasolina, que se suma a las quejas. ¿Cuánto afecta al sector pesquero?

Es un añadido más, y no es la primera vez: con la guerra de Ucrania fue incluso peor. Dependerá del tipo de barco: a un gran arrastrero le afectará más que a la pesca artesanal. Por ahora, se están reduciendo horas de trabajo para ahorrar combustible, siempre tras hacer números

«El problema es que el productor recibe muy poco del precio final, lo que genera un desequilibrio. El pescador gana poco, pero el consumidor paga caro, y eso empuja a buscar alternativas más baratas, como el pescado congelado importado, que además resulta más cómodo. Así, acabamos encareciendo nuestro propio producto hasta convertirlo en un lujo«

Esa rentabilidad se tiene que ver reflejada en algún sitio. ¿Cómo influye todo esto en lo que finalmente vemos en nuestras pescaderías? 

La diversidad de especies depende del precio. Si se encarece, llega a un mayor poder adquisitivo o a restauración. En las pescaderías se venderá lo más asequible. Esto no es algo exclusivo de la pesca, sino que ocurre en toda producción primaria.

El problema es que el productor recibe muy poco del precio final, lo que genera un desequilibrio. El pescador gana poco, pero el consumidor paga caro, y eso empuja a buscar alternativas más baratas, como el pescado congelado importado, que además resulta más cómodo. Así, acabamos encareciendo nuestro propio producto hasta convertirlo en un lujo

Al final sufre el pescador, el comerciante y los consumidores, y repercute incluso en la nutrición y la salud de los consumidores. La dieta mediterránea contiene pescado rico en omega 3, vital para la salud. Es un problema complejo, con pocas soluciones dentro del libre mercado, pero sin duda merece el debate.

¿Cómo se imagina la pesca del Mediterráneo en un futuro, para que sea realmente sostenible?

Podría llegar a ser sostenible, lo fue. ¿En cuántos años? Las tendencias son positivas, lo incierto es la fecha. Depende de cómo cambie el sector, de quién pesque.

Lo sostenible sería lo de toda la vida: pequeñas empresas familiares y tradicionales y alguna empresa un poquito más grande. Diversificar, no solo en especies sino también en la economía. Hay más empleo y empresas, más artes de pesca. Una oferta diversa es mejor para todo el mundo

Si tuviera que enviar un mensaje a la sociedad sobre el futuro del Mediterráneo y la pesca, ¿cuál sería?

Difícil pregunta… El Mediterráneo es la raíz de nuestro modo de vida, la causa de que tengamos una de las mayores esperanzas de vida. Su clima especialmente amable, los alimentos de calidad que nos proporciona; por no hablar del disfrute que supone el ocio.

Si no le prestamos una especial atención a su conservación y lo maltratamos, no solo sale perjudicado el mar, sino también nuestra forma de vida.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *