Teresa Franquesa, ambientóloga, sostiene que muchos jóvenes recurren hoy a la desconexión como mecanismo de defensa frente a la sobrecarga mental y la amenaza climática.
La ambientóloga española Teresa Franquesa Codinach posee una larga trayectoria profesional en numerosas disciplinas, como la enseñanza, comunicación científica, ordenación del territorio, gestión del medioambiente y educación ambiental. Gracias a su doble formación, doctora en Ciencias Biológicas y máster en Psicología Social, posee un carácter polifacético que le ha permitido trabajar en diversos campos.
Cofundadora de la Sociedad Catalana de Educación Ambiental (SCEA), ha trabajado en el ayuntamiento de Barcelona, dirigiendo el Plan Clima 20-30, así como estrategias de sostenibilidad y educación ambiental. Su libro “Cambio climático y ecoansiedad” busca divulgar conocimiento sobre la crisis climática y el miedo crónico que esto puede causarnos, ayudándonos a tomar consciencia y romper el aislamiento mediante el paso a la acción de manera conjunta. A juicio de la investigadora, la solastalgia puede llevar a la pérdida de nuestras raíces, sobre todo en la actualidad, y en especial a la generación Z.

¿Cómo define el concepto de solastalgia y qué similitudes y diferencias guarda con el término ecoansiedad?
La persona que introdujo este concepto fue el filósofo australiano Glen Albercht en 2003, cuando una población australiana asistió a la destrucción de su entorno tras la explotación de unas minas. Esta población siempre se había sentido confortada por su entorno y la experiencia de destrucción del mismo le causó una sensación de pérdida, a la cual Albercht denominó solastalgia, por su paralelismo con nostalgia. La diferencia sería que la nostalgia implica añoranza del pasado, mientras que la solastalgia implica una sensación de pérdida en el presente, al ver que el lugar que habitamos está siendo desfigurado, provocando un sentimiento de no pertenencia. Sería una especie de nostalgia de casa, estando en casa. Ya no la reconocemos como tal, suscitando un sentimiento de desamparo.
Albercht definió solastalgia como una respuesta anímica a la destrucción del propio lugar, relacionada con un sentimiento de pérdida que conlleva tristeza. Más tarde, se popularizó el concepto de ecoansiedad, que incluye una gama muy amplia de emociones difíciles: miedo, rabia, culpa, etc. Así, yo asociaría la solastalgia más con la tristeza, mientras que la ecoansiedad puede asociarse también a otras emociones.
“Sería una especie de nostalgia de casa, estando en casa. Ya no la reconoces como tal, suscitando un sentimiento de desesperación”
Como las minas de Riotinto, donde se lleva a cabo la extracción del mineral y el paisaje se transforma.
Claro, porque cuando sentimos un lugar como propio, que contribuye a la creación de nuestra identidad, al ser degradado, podemos experimentar este duelo o solastalgia. Entonces, este sitio especial pasa a estar borroso, y esa interconexión que sentíamos puede desaparecer.
¿Podría la solastalgia asemejarse a un duelo migratorio? Un migrante libra pequeñas batallas en silencio de forma cotidiana con respecto a barreras lingüísticas, culturales, de carácter…
El duelo migratorio tiene un punto común con la solastalgia que es la pérdida del entorno que dota de esta identidad, pero, en este caso no es por destrucción, sino por distancia. Este duelo estaría a caballo entre un fenómeno de nostalgia y de solastalgia.
¿Y al volver a casa por vacaciones y ver que el descampado de al lado de tu casa se ha transformado en un bloque de pisos?
Esto sí correspondería a la idea de solastalgia, porque no reconoces tu lugar, en el cual creciste, formaste tu identidad…
¿Considera que todas las generaciones están sometidas al fenómeno de solastalgia de igual manera? Por ejemplo, la generación Z impactada por el “doomscrolling”.
La generación Z ha crecido oyendo que nos encontramos en un punto de no retorno y eso causa angustia. Un mecanismo de defensa saludable es desconectar para no abrumarse. De hecho, muchos jóvenes reconocen evitar pensar en esto porque se sienten impotentes. Joanna Macy, activista estadounidense, decía que, tras la apatía aparente no hay falta de interés, sino falta de recursos para sostener el sufrimiento.
Prueba de ello es un estudio que relata que entre 2023 y 2025, los jóvenes españoles de 18-30 años que creen que el cambio climático es importante, ha bajado del 90% al 76%. Preocupación e implicación climática no son sinónimos, pero sí es verdad que encontramos presente este mecanismo de defensa. No debemos olvidar que también existe una desconfianza fundada hacia la capacidad y la voluntad de las instituciones para hacer frente a este problema, asociando el cambio climático con retórica.
“Joanna Macy, activista estadounidense, decía que, tras la apatía aparente no hay falta de interés, sino falta de recursos para sostener el sufrimiento”

Una especie de mercaderes de la duda por mecanismo de defensa.
Bueno, existen muchos intereses en mantener el business as usual y sembrar dudas de todo tipo. Siempre los intereses venden unos relatos y tenemos que saber si los compramos o no.
Este punto de no retorno con el cual la generación Z ha crecido, y cuyos cambios climáticos, al ser un fenómeno a largo plazo, no se atisban de forma inminente…
Diría que sí los veremos, por desgracia. De hecho, ya los estamos viendo. Otra cosa es que los identifiquemos como tales, pero el cambio del clima es un hecho.
¿Puede este contexto crear una disonancia cognitiva en esta generación, lo que debe estar haciendo versus lo que podría hacer, culpabilizándose de no poner su granito de arena, desencadenando patologías psíquicas?
Sentir tensión y preocupación en una situación como esta es normal, la situación es inquietante. No diría que esto sea ningún tipo de patología, porque es normal sentir miedo, rabia o tristeza. Lo que ocurre nos importa. No es un signo de debilidad, sino una señal que hace que estemos alerta. Siempre digo, no estamos locos, estamos despiertos. De hecho, Thomas Doherty dice que la función de la ecoansiedad no es hacerte feliz, sino mantenerte vivo.
Emoción proviene del término emovere (= agitar), de manera que las emociones nos agitan. Las emociones son como una alarma que nos empuja a actuar cuando algo en nuestro entorno vital no va bien, y tenemos que tomar precauciones, como si fuese una alarma de incendios: cuando suena la alarma, el problema no es la molestia que causa el ruido, sino que se está quemando la casa. No se trata de mirar a la ecoansiedad, sino la causa de esta.
Quizás deberían pensar para la tercera película de la saga Inside Out una nueva emoción que represente la preocupación climática.
El problema es que el discurso apocalíptico no ayuda, cansa. En cambio, un relato positivo, esperanzador, resulta más poderoso que una alerta constante, empujando a la sociedad a llevar a cabo acciones. Existe un gran abanico de posibilidades para actuar. La cuestión es encontrar aquella iniciativa en la que cada uno sienta que está desarrollando sus posibilidades. Kate Raworth dice siempre, no seas optimista si esto te relaja, no seas pesimista si te angustia, sé activista en tu sitio y en tu medida de capacidad de influencia.
Respecto a la salud mental, existe un proceso de pasos esenciales para cuidar de uno mismo: primeramente, escucharse y reconocer sus emociones, aceptarlas; en segundo lugar, comunicar con nuestro alrededor para tener feedbacks positivos que nos recuerden que el cambio es posible; seguidamente, encontrar aquello que podemos hacer que esté en nuestra mano, siendo realistas (sobre todos los jóvenes…); posteriormente, mantener una red de apoyo, con iniciativas comunitarias, para transformar el miedo en energía; y, por último, cuidarse emocionalmente, por ejemplo, dosificando el consumo de información con el fin de evitar la saturación, ya que a veces puede resultar saturadora y redundante.
“Kate Raworth dice siempre, no seas optimista si esto te relaja, no seas pesimista si esto te angustia, sé activista en tu sitio y en tu medida de capacidad de influencia”
En relación a la saturación de información en jóvenes, ¿cómo ve la iniciativa de prohibir el uso de redes en menores de 16 años en España?
Hoy en día hay muchos padres que intentan que sus hijos no tengan un móvil hasta que tengan una determinada edad, pero no todos tienen la misma consciencia, y muchos les dan el móvil a sus bebés para que se entretengan. Esta falta de visión crítica de no pensar en las repercusiones que una persona de temprana edad esté sometida a cantidades ingentes de información no adaptadas hace que se planteen este tipo de restricciones. Una manera de acotar la utilización de redes sería implantar, como ya se ha hecho en otros países como Australia, redes sociales exclusivas para menores.
El ecólogo Ramón Margalef se refería a que “la problemática fundamental puede resumirse en que la tierra se nos hace pequeña”. Respecto a la crisis ambiental global, ¿podríamos hablar de solastalgia? ¿Estamos a tiempo de revertir las consecuencias de nuestros actos?
Cabe recordar que esta citación de Margalef es de los años setenta y, además, él fue un pionero en indicar esto cuando muy poca gente veía los límites de la Tierra. La actividad humana llega a todas partes, no queda apenas territorio virgen. Tenemos una influencia monstruosa sobre el plantea, su funcionamiento y sus características.
¿Existe una enorme solastalgia? Bueno, es una manera de verlo. Retomando la metáfora del incendio, cuando suena la alarma y te das cuenta que se te ha quemado la cocina, hay dos posibles actitudes: o rendirse y aceptar que no hay nada que hacer, o luchar por salvar el resto de las habitaciones. Yo soy partidaria de esta segunda actitud, tenemos oportunidades y tenemos capacidad de acción.
Afirmar que nada tiene arreglo es una actitud un poco presuntuosa, puesto que conlleva presuponer que sabemos lo que va a pasar. Mejor actitud sería admitir que no sabemos exactamente lo que va a pasar. Y en esta incertidumbre, podemos actuar. Rebecca Solnit dice: la esperanza no es comprar un billete de lotería y sentarnos a esperar que nos toque, la esperanza es un hacha para derribar puertas y abrirse paso. Esta es una esperanza activa, y no pasiva. Así, a cada uno nos toca asumir nuestras propias responsabilidades, entendiendo estas como la habilidad para responder a una situación y luchar para cambiarla, activándonos de manera realista. Entendiendo que no estamos solos y que lo que tiene sentido es sumar en el cambio colectivo.
“Rebecca Solnit dice: la esperanza no es comprar un billete de lotería y sentarnos a esperar que nos toque, la esperanza es un hacha para derribar puertas y abrirse paso. Esta es una esperanza activa, y no pasiva”
Esto requiere mucha fuerza de voluntad para salir de una zona de confort en la cual estamos bien, estamos a gusto…
Dormiditos…
Sí, totalmente.
Como la alarma de incendios: un poco de preocupación es lo que nos hace estar alerta y no dormirnos en el sopor de la tarde…


