El aumento global de la iluminación LED blanca y azul del alumbrado exterior dificulta la observación astronómica y altera los ritmos naturales de personas y animales
La luz nocturna que provoca la contaminación lumínica está creciendo más deprisa que la población. Así lo explica un estudio de los investigadores Alejandro Sánchez de Miguel y Kevin J. Gastón, que muestra que la cantidad de luz artificial emitida por la noche creció un 49% entre 1992 y 2017 y sigue incrementándose. Los autores, investigadores de la Universidad de Exeter (Inglaterra), alertan de que este exceso de luz perjudica la observación astronómica, altera la salud humana y provoca cambios en muchos animales y ecosistemas. De Miguel ha declarado que “el verdadero impacto de la contaminación lumínica está en el medio ambiente y en la salud”.

En la imagen se observa la contaminación lumínica que llega al Puerto del Pico en la provincia de Ávila desde Talavera de la Reina y Madrid. Crédito: Stellarium Ávila.
El estudio señala que este crecimiento está unido al uso de luces LED, sobre todo las de color blanco y azul. Estas luces son muy intensas y se dispersan con facilidad, iluminan el cielo incluso en zonas que ya estaban antes muy iluminadas. Los autores explican que la contaminación lumínica es un problema tridimensional: la luz se emite en muchas direcciones, rebota en el suelo, en los edificios o en las nubes creando un resplandor. Una noche sin luna puede ser tan brillante como una con luna llena. Quedan muy pocos lugares con oscuridad natural.
Gran parte de la vida del planeta depende de la oscuridad. Muchos animales se alimentan, se orientan o se reproducen solo durante la noche y numerosos procesos naturales siguen los ciclos de luz y oscuridad. La iluminación artificial rompe comportamientos esenciales de insectos, aves y mamíferos. La investigación señala efectos en la salud humana, ya que la exposición a la luz artificial durante la noche altera los ritmos del sueño y puede influir en el estado de ánimo, el metabolismo o el sistema inmunitario.

La contaminación lumínica altera los ritmos del sueño de las personas, los ritmos circadianos y otros problemas de salud. Crédito: Pharmanord
La iluminación nocturna ha crecido porque facilita la actividad humana. La luz permite trabajar, moverse y orientarse durante la noche. También se usa para alumbrar monumentos y con fines publicitarios. Aunque parte del alumbrado se instala para mejorar la seguridad, los autores señalan que sus beneficios reales son menores de lo que suele creerse. En algunos casos, un exceso de luz puede reducir la atención al volante o crear una falsa sensación de seguridad.
La luz también se utiliza en actividades como la agricultura y la pesca. En algunos cultivos se emplea para controlar plagas o favorecer el crecimiento de las plantas y, en el mar, se usa para atraer presas durante la pesca. El estudio indica que estas prácticas amplían la presencia de la luz artificial más allá de las ciudades y hacen que la contaminación lumínica llegue a zonas que deberían estar en oscuridad.
Los autores advierten de que esta iluminación tiene un coste ambiental que va más allá del consumo de energía. La fabricación de los LED requiere materiales escasos, tierras y metales raros, cuya extracción tiene un impacto elevado. Hay millones de farolas, vehículos, aeropuertos y otras infraestructuras que emiten luz cada noche. Aunque los LED se presentan como una tecnología más eficiente, su uso masivo ha impulsado un mayor consumo de luz. Este efecto rebote hace que cualquier ahorro energético quede compensado por un aumento de la iluminación exterior, lo que incrementa las emisiones asociadas.
Asimismo, el aumento del brillo del cielo dificulta el trabajo de los astrónomos, que necesitan oscuridad para observar y los ciudadanos tampoco pueden ver las estrellas: el 80% de las personas vive bajo cielos contaminados y un tercio ya no puede ver la Vía Láctea. Esta pérdida afecta también a la cultura y al sentido de lugar, ya que durante miles de años las estrellas han sido una referencia para la orientación, la ciencia y la vida cotidiana.
Los autores insisten en que la contaminación lumínica debe tratarse como un problema ambiental de primer orden. Proponen reducir la intensidad de la iluminación exterior, limitar el uso de luz blanca y azul, orientar mejor las luminarias y establecer horarios de apagado. También recuerdan que proteger la oscuridad no significa renunciar a la luz, sino usarla de forma más responsable para conservar la noche como un recurso natural y cultural.


